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Entre educar y adoctrinar

El concepto educación posee dos acepciones, la primera es que viene del latín: EXDUCERE, de ex, fuera; ducere: llevar. La segunda etimología, también del latín, es EDUCARE, que significa criar, alimentar o nutrir pero, culturalmente hablando, se utilizó para referirse al acto de alimentar al ganado. Si unimos ambos términos, nos damos cuenta que la educación, desde su raíz, pretende llevar desde adentro hacia fuera el potencial de un individuo y alimentarlo o, que es lo mismo, criarlo y nutrirlo como se tiende a hacer con cualquier otro ser vivo,  sea éste un ser humano, animal, planta o árbol. El lugar al que acudimos cuando deseamos obtener educación suele ser una escuela, sin embargo, ‘la educación como práctica de la dominación […] al mantener la ingenuidad de los educandos, lo que pretende, dentro de su marco ideológico, es indoctrinarloS en el sentido de su acomodación al mundo de la opresión.’[1] El atender a una escuela para nada garantiza el que se pueda obtener una educación, antes bien el alumno va siendo moldeado para recibir las premisas del discurso de la cultural dominante y esto es precisamente de lo que se hablará.

Ahora nos interesa saber qué es el adoctrinamiento. Este concepto viene de la palabra doctrina la cual se conoce como un conjunto de ideas u opiniones sustentadas por una persona o grupo; así, nos podemos encontrar conque una doctrina no nace exclusivamente de la experiencia y técnicas adquiridas durante la vida cotidiana de una comunidad, sino que puede incluso darse a partir de las ideas de un individuo que influya a un determinado grupo social. En la práctica resulta que el adoctrinamiento termina siendo una suerte de aislamiento, en otras palabras, está deliberadamente desconectado de la realidad inmediata y es estéril pues no da cabida a otras formas de expresión; es estático y por lo tanto está muerto. Otra característica importante es que es para prosperar requiere ser una imposición, una realidad absoluta cuyo cuestionamiento es propiamente penalizado e incluso ridiculizado. Las religiones tienden a versar sobre esta descripción y su naturaleza es destruir cualquier manifestación de diversificación aunque, es justo mencionar, las instituciones educativas también pueden ser parte de esta praxis.

El adoctrinamiento niega cualquier vía alternativa hacia un mismo propósito –en este caso, el obtener conocimiento de uno mismo, de nuestro hábitat y el cosmos–, pues para la doctrina sólo hay un camino, sólo hay un Dios, sólo hay un ethos humano y éste debe ser universal. Resultaría difícil en nuestros días contradecir el hecho de que imponer no es educar, ridiculizar no es educar, penalizar no es educar, obligar no es educar; todo esto se llama adoctrinar. Por igual, estas tendencias no sólo existen en un ámbito académico sino que se pueden ver desde los hogares, instituciones, e incluso es posible observarlo hasta en la cultura industrial de la cual formamos parte y se manifiesta al grado que podemos entender al adoctrinamiento como una manifestación de propaganda.

Hay diferentes vías hacia la sabiduría y ninguna es inferior a la otra, prueba de ello es que incluso las religiones populares de hoy en día están de acuerdo en respetar la vida y con quienes se vive. Tanto el Talmud, como la Biblia, el Corán, el Libro de los Muertos, y otras literaturas religiosas están de acuerdo en que no es deseable robar, engañar y matar, mas son aquéllos que quieren imponer determinada visión los que terminan robando, engañando y matando todo en beneficio propio y esto, en nuestros días, se traduce en la acumulación de bienes y dominio sobre la Tierra. Como ejemplo, preguntémonos, ¿qué nos hace pensar que los pueblos indígenas no estaban a gusto con sus estilos de vida? ¿Qué les hizo pensar a los conquistadores que su visión era superior a la de esta gente que ni siquiera se dieron la oportunidad de conocer a fondo y ni se mencione comprender y respetar? ¿Acaso esta forma europea de interactuar con el mundo es lo óptimo? Pero sobre todo, ¿acaso no el que conquista y sobrevive es siempre el mismo que se encarga de proveer el discurso y por lo tanto escribir la historia? ¿Acaso no es esta una imposición, una forma sofisticada de  esclavitud o de adoctrinamiento que, en todo caso, viene siendo lo mismo?

A diferencia del adoctrinamiento, la educación está viva y como todo ser vivo crece, se nutre, se adapta y está en constante movimiento; aquél y ésta son diametralmente opuestos. Claro que, por ejemplo, podemos imponerle nuestras condiciones a un manzano para que crezca donde uno quiera, cuando uno quiera y como uno quiera, pero a través del tiempo hemos aprendido que los que crecen naturalmente o, en su defecto, en un entorno propicio para su desarrollo, tienden a dar frutos nutritivísimos y mucho más deliciosos. Esto se incrementa cuando el mismo árbol crece en su entorno nativo pues ya está, desde hace tantos años, biológica y químicamente preparado para crecer en esos suelos.  Así, podemos decir que los seres humanos somos muy parecidos, pues, si el entorno es idóneo, es decir, si contamos con profesores preparados y sensibles a la realidad inmediata, si el currículum empleado es flexible y toma en cuenta el contexto social en sus aspectos cruciales, si se le da suficiente libertad a los estudiantes para que no sólo tengan conocimientos básicos de sus alrededores sino que se hagan de otras tecnologías que le permitan desarrollarse de manera plena adonde quiera que se encuentren. De esta manera, se puede crear una atmósfera dentro del aula donde haya diálogo, razonamiento, resolución de problemas y crítica de lo establecido.

“He enseñado a niños también y la verdad es que siempre hay algunos que no les convence lo que dices. Y es una desafortunada tendencia que siempre los queramos controlar porque son un dolor de cabeza pero ellos deberían de ser alentados. Por supuesto: ¿por qué habrían de creerme? ¿Quién soy yo?  Ingénienselas como puedan. Eso es lo que la educación debería ser. “ (Noam Chomsky, The Function of School)

Otras diferencias son: el adoctrinado generaliza y no tiene referentes o información válida que respalde sus afirmaciones; el educado usa calificativos y sus declaraciones están respaldadas. El adoctrinado piensa que sólo hay dos maneras de resolver un problema “el correcto” o “el incorrecto”; el educado sabe que hay diferentes caminos para resolverlo  y sabe apreciarlo desde otro punto de vista. El adoctrinado suele basar su opinión por consenso; el educado forma su criterio al discriminar información irrelevante y contrastando la que sí lo es. El adoctrinado ignora distinciones y las diferencias sutiles agrupando todo lo que tenga similitudes superficiales; el educado puntualiza las distinciones y las diferencias sutiles y las analiza cuidadosamente, entre otras.

Claro que todo lo anterior raya en idealismo, pues crear tales condiciones está, más que nada, limitado por la situación socioeconómica de la región en donde se lleva  a cabo la labor educativa, es por eso que resulta de grave importancia la aplicación de una pedagogía crítica a nivel individual, es decir, concientizar a mayor cantidad de docentes acerca del impacto, o más bien, la resistencia que se puede poner en práctica ante este panorama de opresión que es el adoctrinamiento, ya que no hay individuo que no sea capaz de aprender ni de modificar su comportamiento si se le proveen las herramientas y el entorno indicado –al menos que el individuo en cuestión tenga un desorden neurológico o patológico– pero, sobre todo, si se le da la libertad de que llegue a sus propias conclusiones, de que cuestione las que ya están establecidas para que pueda hacer de su educación un proceso que se llevará a cabo durante toda su vida y, además, guiarlo para que se dé cuenta –como los mismos educadores deben hacer al momento de impartir sus lecciones– que lo que se dice o se piensa puede estar totalmente equívoco y que se debe de tener la suficiente madurez y apertura como para redimir nuestros errores porque eso es en sí un pilar que nos permite construir nuestro conocimiento, promueve nuestro crecimiento y nos ayuda a través de nuestra travesía educativa. Lo que se propone, finalmente, es a enseñar desde una edad temprana a que el estudiante sea una parte activa en el proceso educativo.  Basta mencionar que las doctrinas –o la escolarización que, para estas alturas, ya nos debe sonar a sinónimo–, distan de fomentar esto e incluso tienden a no aceptar ni mucho menos redimir sus faltas.

Lo anterior nos lleva a analizar al proceso de escolarización precisamente por su tendencia hacia el adoctrinamiento. No hace falta indagar demasiado para darse cuenta que el sistema de educación pública no nos ha brindado suficiente gente educada, cívica, humana y que pueda resolver los problemas de su comunidad y del mundo, pues, una de las misiones de las escuelas contemporáneas es aculturar a las nuevas generaciones, esto es, forzarlas a que adquieran una cultura antagonista  –en el caso de nuestro continente, la cultura capitalista-industrial que no engendra más que consumidores– a la de la cultura regional o reforzar el paradigma que se encuentra en efecto. Dicho de otro modo, la escolarización sirve como una herramienta excelente para comprometer la integridad así como la voluntad de los individuos y llevarlos hacia una uniformidad que sea obediente, temerosa y cumplidora. El proceso de escolarización no nos educa, más bien nos inculca; es una pieza clave del status quo.


[1] Freire, P.,  Pedagogía del Oprimido, Siglo XXI Editores, 1970, p.83

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