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Reflexiones de una tortuga disidente (soundrack incluido)

“[…] detesto que se me obligue a seguir unas pautas de
conducta y adoptar unos principios ajenos a mi sentir, hasta el
punto que estoy incluso dispuesto a sabotear una sociedad
empeñada en doblegar mis actos […]”
-Tomás Ibáñez- 

He de declarar, antes que nada, que esta crítica no es tanto a la sociedad a la cual tan abundantemente he atacado en el pasado, sino que esta es una fuerte auto-crítica. Está usted invitado, por lo tanto, a continuar leyendo y compartir el ánimo reflexivo, o bien a abstenerse y seguir nadando en las oscuras aguas de las redes sociales. Que quede en entredicho, se hace lo que se puede para no perder el buen humor, aún cuando el tema es serio.

Al contrario de mis insinuaciones previas en estas semanas, he de admitirles a tod@s ustedes, mis lector@s, que sí quiero escribir sobre política, pero también que lo hago con ese cierto sentimiento de desagrado igual al asqueroso sabor a edulcorante  que queda en la boca tras una deliciosa tarde de comer comida china.

Todos hemos tenido alguna vez una novia (o novio, cada quién) con la cual la relación se torna tóxica, y la dicotomía amor-odio, o bien blanco y negro, se rompe para crear un gris inestable. Muchas veces he sido yo mismo, lo admito, quien sin reparo ni consciencia ha roto dicha barrera, llevando la relación al inminente desastre, pero hay otras veces donde el truene recae en manos de un tercero. Ya sea a manos de la madre juiciosa, del amigo que borracho te quiere pedalear la bici, o de tu “rodilla”, todos estos rompimientos siempre son los peores, ya que sientes que te jugaron chueco. Justo así sentí las elecciones.

Hablo por mí mismo, y con mucho recelo, al decir que el domingo 1ro de Julio pasé la peor noche de mi historia política. Tras horrendas horas de espera, decenas de cigarrillos, y una cruda tal que apenas me permitió salir de la cama para ir a votar, el informe del conteo rápido del IFE asestó el golpe de gracia, como si Pacquiao o Chávez Jr. me hubieran dado un zape con una cubeta de metal cubriéndome la cabeza. Fue, abusando otra vez de la analogía, como si después de darme mis besos con la guapa República, me dijera “no eres tú, soy yo… hay alguien más en mi vida”.

"Se puede ver el cuadro exacto en que se le rompe el corazón... Yyyyyyy... CRASH!"

“Se puede ver el cuadro exacto en que se le rompe el corazón… Yyyyyyy… CRASH!”

Todavía recuerdo vivamente el sentimiento de impotencia revoloteando en mi estómago, las el peso de las lágrimas que produjo el enojo conteniéndose a duras penas tras mis párpados, y las violentas arcadas por el sabor a bilis. Sentía pena por mi país y vergüenza de ser llamado mexicano, pero más que nada, sentí una profunda decepción, y esperé sin éxito que todo fuera un mal sueño del cual estaba a punto de despertar.

Mis dudas y cuestionamientos, al igual que los millones de quejas que inundaron las redes sociales (de los cuales fui partícipe) no tardaron en llegar. ¿Acaso no existe justicia? ¿Dónde quedó la democracia? ¿Cómo es esto posible, después de tantos posts, tweets, gritos y marchas? ¿Por qué es que México, MI MÉXICO, no despertó? Todas preguntas sin respuesta. Y como siempre que acabas de cortar, te encierras a escuchar lo más cursi de tu repertorio…

Finalmente me rendí, por completo, y me acosté a intentar dormir. Pero ni el amparo de la oscuridad ni el olor a lluvia me ayudaron a conciliar el sueño, ya que una nueva pregunta, que como larva de un feo bicho se retuerce, se estaba gestando en mi mente; una pregunta que a todas luces SÍ tenía una respuesta, y que mi diálogo interno no dejaba de echarme en cara…

Yo -¿Es que acaso no hice lo suficiente?
Otro Yo -Pues, ¿el cielo es azul?
Yo -Sí…
Otro Yo -De todos modos no, no hiciste lo suficiente…

 Ahora, después de varios días del acontecimiento, me he visto orillado a replantear mi vida política, así como las posturas y acciones que he de tomar. Por supuesto que seguiré siendo -disidente- (compréndase como se prefiera), seguiré asistiendo a todas las marchas que pueda, y seguiré oponiéndome a toda imposición. Pero ¿qué puedo YO hacer para cambiar los resultados de mis acciones políticas?, ¿Qué puedo hacer yo para regresar a andar con República? Si bien mi proceso no ha terminado, sí he llegado a algunos consensos conmigo mismo:

En un primer momento, me he dado cuenta que mi enfoque personal sobre “qué piensan los chamacos de mi edad sobre toda esta trepidatoria político-social” (cito directamente a mi gran amiga y ex-profesora Itzia Gollás) debe cambiar, pues llegué a la fea conclusión de que todas mis asistencias a marchas, todas mis quejas, todas mis críticas y todos mis posts referentes al proceso electoral fueron completamente egoístas. No sin un gran dolor me doy cuenta que dejé muy por de lado lo que mi gente, mi pueblo, y (no me canso de decirlo) mi México necesita. Aunque mi voto habría sido emitido en favor de exactamente las mismas personas, lo hice por las razones equivocadas. Voté por quien yo quería y por las plataformas políticas que me beneficiarían a mí. Fue como caer en cuenta y decir “anduve con ella nomás porque está bien guapa”, en vez de preocuparme por qué sentía la chichona… Bien dicen que no valoras lo que tienes hasta que lo ves perdido.

¡Que no la extraño, se me metió algo en el ojo!

¡Que no la extraño, se me metió algo en el ojo!

En segundo lugar encontré en mí tortuguiento ser, si bien no tanto inconsistencias, sí una gran falta de compromiso con la información. Todos los días desde inicio de año leí innumerables notas, encuestas, blogs, periódicos, y tanta información como me fuera posible para mantenerme informado y transmitirlo a los demás. Pero el compromiso no es únicamente una acción, ya que sin atribuirle el valor que merece tu permanencia en el movimiento (o en la relación) no es más que “cumplir por cumplir”; es vacío y carece de sentido. Coqueteas con Garantías Individuales y hasta la enamoras, aunque sabes que sólo es para darle celos a República (práctica popular, más baja que el presupuesto para la línea 3 del Tren Ligero).

Finalmente, después de mucho cavilar y el par de pedas reglamentarias para llorar la pérdida, una tortuga debe de caer en cuenta de que aunque no es sencillo, hay que vivir el duelo entero y BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA volver con la misma, siguiendo la regla que bien nos ha establecido el cine: si no está planeado desde un principio, la secuela va a ser una porquería (¿a poco no se les antoja pegarle en la cara a quien dice que la mejor Volver al Futuro es la segunda?). Tal vez está hasta de más decirlo, pero esto tampoco significa ni doblegarse ni aceptar la imposición, sino más bien levantarse y luchar para la construcción de una consciencia social sobre lo político que procure el establecimiento de una verdadera democracia en las próximas elecciones. No hay que seguir <buitreando> a República, hay que buscar quedar con su prima Democracia, asegurándonos que no se nos vaya con el primer copetón que se le cruce por ahí (o por hay)…

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Acerca de tortugueando

You know you've got a problem when you got nothing to say...

Un comentario el “Reflexiones de una tortuga disidente (soundrack incluido)

  1. Claro, ¡me gustó! Confío en que vivas y contagies mente y corazón renovados, la responsabilidad social, la ética, la honestidad, seguirán en nosotros independientemente de la chingada silla presidencial…

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